Hay ocasiones en las que tenemos un deseo imperioso de comer. El deseo puede ser tan impulsivo que lo hacemos casi sin pensar y de forma automática.

Este acto de comer compulsivamente está en el cerebro, en concreto en el hipotálamo, que es la glándula que recibe información sobre el estado de reservas energéticas y activa la sensación de hambre cuando éstas disminuyen, encargándose, además, de recibir las señales de saciedad que envía el estómago para enviar orden a su vez de dejar de ingerir más alimentos.

Es también en el hipotálamo donde se recibe otra información, como las relacionadas con las emociones, la voluntad, la afectividad o la memoria, y que son interpretadas y emiten una respuesta.

Cuando el sistema hormonal se desajusta, es posible emitir señales de saciedad ante el estrés o por el contrario, emitir señales de sensación de hambre, provocando que el individuo reaccione ingiriendo más cantidad, en especial, de alimentos calóricos. Esta es el hambre emocional.

Se caracteriza por su aparición rápida, nos suele llevar a ingerir determinados alimentos que son reconfortantes, normalmente dulces. Además, en este tipo de hambre comemos más cantidad de lo habitual, parece que no estuviéramos satisfechos, hasta que te encuentras excesivamente lleno, produciendo en muchas ocasiones una situación de culpa.

Si nos observamos y nos preguntamos ¿qué tipo de hambre tengo? ¿es física o emocional? Si nos hacemos estas preguntas, es que ya estamos empezando a tomar consciencia de cuál es nuestra situación en relación con la comida.

Normalmente esto no ocurre y no se nos pone tan fácil, pues somos más impulsivos y poco reflexivos. Nuestras ganas de satisfacer y acallar en poco tiempo una sensación de hambre (que muchas veces nuestro cuerpo nos ha hecho creer que es física) nos arrastra al consumo de azúcares, e incluso si analizamos, veremos que nos transportamos a esos momentos de la infancia en los que nos atiborrábamos a chucherías.

Podrías hacerte estas preguntas y utilizarlas como herramientas para indagar cual es la relación que tienes normalmente con la comida.

  • ¿Comes más cuando te sientes estresado?
  • ¿Comes cuando no tienes hambre o cuando estás lleno?
  • ¿Comes para sentirte mejor (para calmarte cuando estás triste, enojado, aburrido, ansioso, etc.)?
  • ¿Te recompensas con comida?
  • ¿Comes regularmente hasta que te hayas llenado?
  • ¿La comida te hace sentir seguro?
  • ¿Sientes que la comida es una amiga?
  • ¿Te sientes impotente o fuera de control con la comida?

No es difícil de reconocer el hambre que realmente tenemos, solo requiere de un poco de atención. Como hemos dicho, el hambre emocional aparece de repente y no puedes esperar; te pide un tipo de alimento concreto. Nos atiborramos de comida, en la mayoría de los casos hipercalórica, apareciendo después la ansiedad y la culpa.

El hambre física, real, aparece poco a poco y nos encontramos saciados tan pronto como comemos. Cubrimos una necesidad con la que nos sentimos satisfechos.

Y la pregunta que os estaréis haciendo es… ¿qué podemos hacer?

Como todo, requiere de entrenamiento y tomar consciencia. Pero podemos ir corrigiendo malos hábitos y falsas creencias.

Una de las cosas que podemos poner en práctica si hablamos de la parte física sería buscar la opción más saludable a aquello que me gusta comer. Por ejemplo, si te encantan los helados, ¿sabes que hay muchas maneras de obtenerlos de manera natural, con una elaboración bastante sencilla utilizando fruta de temporada y siempre en nuestra nevera?

Otra de las cosas que debemos hacer es hidratarnos bastante. Es un muy importante ya que muchas veces la sensación de hambre sin control, puede venir de una falta de hidratación.

También podemos tomar alternativas al azúcar, por ejemplo, hacer un sirope con dátiles (muy fácil con agua).

Desde el punto de vista de trabajar con nuestro interior y nuestra mente, tenemos que profundizar con el entorno en el que estamos, nuestro trabajo, amigos, familia, nuestras relaciones sociales. Tomar conciencia del momento en el que estamos, aprender a relajarnos, respirar. No ser máquinas de la rutina y dar la mejor versión de nosotros mismos.

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